Los pozos que no ves al tropezar son aquellos de los que no se sale. Aparecen en el camino en un pequeño descuido. No caes, te hundes en un agujero que va lleno de todo lo que no es agua. Respiras con pulmones encharcados de tristeza. Intentas cazar ese último aliento pero cada vez te cuesta más esfuerzo y agonizas entre rocas resbaladizas, escalar a la par emula una tortura china. Y te ahogas entre sollozos y lágrimas porque no hay consuelo para el que ha perdido la esperanza. Cantas para ignorar los demonios que hablan en tu cabeza sobre tus penas y miserias: "escoria mal nacida". Escupes a Satán y que le jodan a la vida. Delirios de grandeza en los últimos minutos de agonía. No hay escapatoria, salida, huida. Perdida en un laberinto emocional querrías ser pájaro estos días. Y volar, lejos. Derribar el sotavento que impide pasar el aire que impulsa tus alas a tomar el vuelo y dejar caer el sobrepeso, lo que te quita el sueño. Destapar esas ansias de libertad que te reconcomen desde tus adentros. Y volver, a esos lugares en los que alguna vez fuiste feliz de verdad.
