La tormenta de cada invierno



Y cuando todo pasa, la cicatriz cierra y el corazón se calma, vuelve, y trae consigo la puñetera tormenta. Te fuiste sin más y te das la vuelta cuando te apetece parar a recordar. No sé si llamarlo soledad, aburrimiento o necesidad. Pero ahí estás, en mi cabeza, una y otra vez mirándome desde el fondo de la discoteca. Y se para el tiempo. Como si fuera lo más bonito que has visto en tu vida y ya no hubiera nadie más. La gente se desvanece, la música lo de menos, los latidos in crescendo. Pero no dejamos de mirar; al todo, a la nada, a sus ojos. Café de máquina en su mirada. Aquella noche me temblaban hasta las pestañas, y no lo conocía, para nada. Llevaba puesto el traje de la seriedad, no sonreía, jamás. Me gustaba su calma, esa serenidad. Discreto, sutil, sencillo. Tras una fachada de tipo duro escondía cariño, respeto y un poco de locura. Segundos inolvidables de pasión reprimida que empañaban el espejo del ascensor. Sabía que no volvería a verle así que aún no le encuentro sentido a mi rotundo "no". Por miedo, nervios o amor. No sé, le echo la culpa al alcohol. Románticas noches seguidas de incómodos encuentros cuando sale el sol. Él todo un caballero y yo la gilipollas que no salió del ascensor para robarle el último beso.