Cuarenta y ocho horas de desenfreno y sigue mirándole de reojo con el deseo que un niño mira su primer caramelo. Se estremece entre sus brazos al percatarse de que es verdad, está sucediendo. Sonríe pensando que es suyo, solamente suyo, en esa habitación no hay nadie más. Ha marcado sus huellas, de esas que no cicatrizan, en cada rincón de su ser. Por un instante fueron la misma piel.

Trata de incorporarse. Fatigado. No queda un ápice de sangre recorriendo sus venas. Contempla desde la cocina como se enreda entre las sábanas. Apenas un minuto de su marcha y ya añora su esencia. Toma asiento, se sirve una copa de un vino añejo y para el tiempo para deleitarse con sus movimientos. Por un segundo piensa que puede ser ella. Ella: la mujer de sus sueños.