Mentiría si dijera que ha sido una noche más, mentiría si dijera que solo estabas de paso y mentiría si dijera que no me había ilusionado. He hecho caso omiso a mi razón, ignorando las advertencias sobre jugar al amor. Y me ha dolido. Ha sido otra puñalada inesperada. Otra brecha abierta en un corazón que no había sanado. No me enfado, no puedo. No éramos, bueno, no somos nada. Pasajeros que se encuentran por el pasillo del tren, intercambian un par de miradas, una sonrisa quizá, pero nada, no son nada.
Te busco entre la gente. Ebria, completamente fuera de mi. Se dilatan mis pupilas, diez latidos por segundo. Te veo. Vuelan las mariposas hasta mi pecho. Y solo puedo mirar. Inmóvil, estática. Como si hubiera brotado en ese espacio, anclada al suelo por las raíces. Me ves. Me elevo. Se desvanece la multitud y suena C. Tangana. Se me escapan las ganas pero no puedo hacer nada. No te tengo derecho, no somos nada.
Me empujan, mi ángel de la guarda. Nos encontramos en paralelo y el nudo del estómago me sigue oprimiendo. Casi no me queda aliento. Te dejas llevar. Que todo fluya y nada influya. Y parece que vuelas, atraviesas el horizonte rumbo al amanecer. Tan cerca del sol, notas su calor. Te quemas. Retrocedes un par de pasos y todo vuelve a la realidad. Suena el despertador y te caes de la cama. Qué putada, no ha sido nada.
