Han pasado trescientos sesenta y cinco días desde que me corriste el carmín por primera vez. Y a día de hoy sigues manteniendo esa puta costumbre. Maldito bocazas. Me comiste la oreja a base de verdades como puños, no dejaste cara oculta de ninguna de tus lunas. Maldita tu inesperada dulzura. Cayó mi escudo de amazona y desnuda ante lo desconocido dejé que me hiciera suya.
Es curioso, has dejado al descubierto lo más vulnerable que hay en mi haciéndome sentir más fuerte que nunca. Y no te voy a endulzar la verdad: fue difícil confiar. Enloquecí, por ti, y créeme que cometería esa locura en todas y cada una de mis vidas. Me preguntas por qué pero, cariño, y yo qué coño voy a saber. Cada vez lo tengo más claro, no es puro si es cuerdo. Qué es el amor sino locura, pasión y desenfreno.
Mariposas, las de mi estómago, que ahora fluyen por todo mi cuerpo como un virus. Eres metástasis. Me abrazas, me reinicias. Configuras todo mi sistema operativo y pones en orden sentimientos y sentido. Por primera vez entiendo eso de que se te claven en la piel como la tinta de un tatuaje, ahora sé por quien aniquilaría a todos esos monstruos que subyacen bajo la cama y creo firmemente que mi corazón y hogar ya no tienen ubicación ni código postal.
Ha pasado un año, amor mío, y sigo siendo la reina de los tópicos: la piel como alambre con solo rozarme, la mente borrosa después de cada beso, folla(ma)rnos hasta que la piel se funda y que solo exista un tipo de abrazo: el que te corta la respiración, el que te cruje los huesos.
Cada vez que estas cerca el tiempo, al compás de mi pulso, se acelera, y sólo quedamos nosotros dos, bailando a ritmo desenfrenado en el salón. Suena música de fondo. Cambiamos de bobina y sigue la proyección. Prepárate, comienza la segunda parte de la película de nuestra vida, amor.
