Miércoles de cordura

  Hay días en que todo se derrumba. Hay días que la vida pesa tanto, tanto que parece caer. Hay días que duelen. Hay días en que no sabes donde estás, quien eres, qué quieres. Cabeza y corazón sincronizados, vacío. Tus ojos miran pero no ven. Te desorientas, te pierdes, te consumes en el abismo del no saber. Qué es, qué era, qué será. En ese orden. Quizá le de demasiadas vueltas, puede que sólo sea un mareo. Las flores del salón se marchitan. ¿Es esto empatía? No saber. Acaso hay algo más desconcertante. Es una verdad abrumadora, es certeza, es lo único que sabes y, a veces, es más fácil si te aferras. Preocuparse parece un concepto absurdo, lejano, como de otra era. Es esa idea la que se retroalimenta y te martiriza. ¿Por qué a mí sí? Con lo fácil que resulta lo común, lo sencillo, lo cotidiano. El porvenir. Una copa vacía en el armario hace compañía al resto, y nada más, compañía, sedienta de cualquier licor que le ofrezcan. Malditos miércoles de desvaríos y cenizas, maldita vida de penitencia. No me mires así, aquí soy la única cuerda.